Disertaciones y Opúsculos sobre Toledo, de Gilimón Gaetano Blancalana

  Reseña del libro “DISERTACIONES Y OPÚSCULOS SOBRE TOLEDO” de D. Gilimón Gaetano Blancalana

Galerías de Luz (publicado en ABC.es el 09/06/2012)
Un libro culto y entretenido, de sabrosísima lectura, que renueva y actualiza el fervor por Toledo y que, trascendiendo todo rancio localismo, hubiera encantado a Cevantes, a Galdós y a Borges

Hay escritores cuya percepción del mundo pasa por el visor de su terruño, de su ciudad, de su comarca, de su provincia o de su condado, por ponernos un poco anglosajones. Eso, en principio, ni es bueno ni es malo, siempre que hablemos finalmente de literatura verdadera. Y desde luego, siempre que esta no incurra en el terruñismo, y proponga lecturas de validez universal en el espacio y en el tiempo. Lo que obviamente no es cosa fácil. Como no es cosa fácil, es por ello que tantos escritores se quedan sepultados en la polvorienta crónica local y acaban siendo poco más que una calle o una estatua que incívicos mal llamados ciudadanos se dedican a ir destrozando minuciosamente. Y lo peor de lo peor en esta madrastra España que trata igual de mal a sus poetas en vida y postmortem, es ser una estatua con gafas (que se lo pregunten a la estatua de Astrana Marín en Esquivias o a la de Federico Muelas en su anterior ubicación conquense, que ahora parece estar mejor protegida).

Hay un ejemplo que suelo poner para ilustrar estas consideraciones. El Cela que gana el Cervantes y el Nobel no es el pseudo-cosmopolita de su encargo venezolano a golpe de talonario ni el de sus incursiones en el western o en el experimentalismo a rebufo del exitoso boom. El Cela más universal es el que se sumerge y nos sumerge en el Madrid, su Madrid, de postguerra: un Madrid de putas, poetas tuberculosos, toreros fracasados y piojos verdes, obsequiándonos maravillas como La colmena o San Camilo 36. O el del Pascual Duarte, que es una tragedia que podía radicarse en cualquier lugar de la España rural y profunda. Ya le habían dado el Nobel, creo, pero para mí tengo que el Cela más universal es el que nos satura con sus mazurcas galaicas de historias orensanas, pontevedresas y compostelanas sobre el mundo y los trasmundos.

Vienen estos párrafos a colación de un libro insólito y único, virtudes singulares a su vez en un tiempo en que casi todos los libros tienden a parecerse entre sí. Este, Disertaciones y opúsculos sobre Toledo, firmado por un tan inverosímil como convincente Gilimón Gaetano Blancalana, evoca con lujo de detalles las ediciones decimonómicas: en la encuadernación, en la tipografía, puede tan sólo que el papel empleado exceda en calidad y gramaje al que solía nutrir a las imprentas de la época.

Está claro que un libro así sobre ser de autor, es además un libro muy de editor, imposible de materializarse si no cuenta con la plena complicidad de un editor que, como en el caso que nos ocupa, es antes que nada o después de todo un poeta de verdad. Hablamos de Joan Gonper, enormísimo tuno (que no tunante), que llegó hace un tiempo al milenario y nigromántico Toledo desde la nigromántica y milenaria Salamanca, y anda con su sello Celya dinamizando el libro y la cultura, a decir verdad algo apagados en los últimos tiempos, en la capital regional.

Gonper firma un prólogo que habría hecho las delicias del mismísimo Borges y que se inserta en la preclara tradición cervantina y genuinamente toledana del cartapacio encontrado en un mechinal, que poco difiere del interceptado para su venta a un sedero del antiguo Alcaná, zoco sólo por eso inmortalizado ya en la historia de la literatura. En el transcurso de sus pesquisas por el laberinto toledano junto a su guía Manuel Palencia (quién hacía de Dante, quién de Virgilio), se topan con amarillentos papeles y cuadernos en un cajón de un viejo caserón de la calle de la Plata (próxima por cierto a la Ropería o distrito de la seda del viejo Alcaná).

«Entre todo esto, explica Joan Gonper, apareció la publicación Disertaciones y opúsculos sobre Toledo, firmada por Gilimón Gaetano Blancalana. Presentamos aquí la edición facsímil de una íntegra edición príncipe. Nuestra modesta publicación no es sino una aportación a la ciudad de Toledo de estos textos frescos y recientes que, desde hace 120 años, esperaban dar luz tanto a un autor ignoto como a sus investigaciones eruditas y decimonónicas».

El Alcaná revisitado

En el emotivo introito que precede a sus ocho historias, escritas en primera persona a modo de crónica de sucedidos, don Gilimón Gaetano, tras colocar el libro bajo la advocación protectora de Minerva (diosa de la Sabiduría), define la adscripción genérica del libro: un libro sobre curiosidades toledanas en la estela de los publicados en la decimonona centuria por los Sixto Ramón Parro, José Amador de los Ríos, Antonio Martín Gamero, José María Cuadrado, Manuel de Assas o el vizconde de Palazuelos. «Estos opúsculos que ahora saco humildemente a la luz no son sino el fruto de indolentes trabajos y de largas conversaciones con tutores eminentes y sabios que supieron avivar en mí una pasión que ya era desmedida: mi profundo amor a Toledo».

Ahora mismo, a bote pronto, no recuerdo si Borges o Nabokov destacan en sus escritos quijotescos el artificio del Alcaná (esto es, el hallazgo de un misterioso cartapacio en el distrito comercial de Toledo con la historia en arábigo de don Quijote). En virtud de este artificio, el Quijote adquiere su literal grandeza, puesto que pasa de ser una novella o cuento ejemplar más a modelo fundacional de la novela moderna tal y como aun hoy la seguimos concibiendo. Y es que Toledo se presta como ninguna otra ciudad al hallazgo misterioso. Hace pocos años en las restauradas cuevas de Hércules de San Ginés fue hallado en un mechinal un texto en arábigo. Pasó lo que suele pasar: fue muy noticioso de inicio pero finalmente nunca supimos qué significaba ese misterioso mensaje enviado para su traducción a la Universidad de Granada. Yo mismo, en mi novela ambientada en Toledo el Club Lovecraft, hago que el personaje de Tomislav, el Abducido, esconda un ejemplar del nefando Necronomicón, edición latina de Toledo en el siglo XVII, en un mechinal dentro de una casa en ruinas.

Este sabrosísimo libro, tramado por un editor toledanizado y compuesto por un autor toledano con un pie en la plenitud, juega al juego eterno del artificio alcanaíno que, sobre un tosco recurso común en los libros de caballería, llevó a la cumbre de la excelsitud el alcalaíno universal.

Las ocho historias con que nos obsequia Gaetano tienen a la vieja Toledo en el pedestal del protagonismo y se mueven en los contornos del relato fantástico, canonizado precisamente en esa centuria, el 19, en la que figuran literariamente haber sido compuestas. Siempre hay un enigma, un secreto y, en fin, una revelación, que hace de cada cuento una grata sorpresa para el lector. La advocación becqueriana es constante y bien podrían incorporarse estos relatos a la nómina del género de las leyendas toledanas cuya categoría literaria consolidó el gran poeta sevillano con sus escapadas desde Madrid.

El rostro que proyecta cada atardecer sobre el muro uno de los capitales de la bella portada mora del palacio de Benacazón. Un descenso a la cripta de San Román, con sus melancólicas lápidas y su espectral coro de momias. Los testimonios toledanos (fundamentalmente, el curioso exvoto de un colmillo de elefante) sobre la paz final que en nuestra ciudad halló un soldado español esclavizado por los turcos, fugitivo más allá del desierto y por un tiempo rey de una tribu sudsahariana. La admiración de Juanelo Turriano, el grandísimo inventor y relojero, autor del castillo de las aguas toledano, hacia Azarquiel, de quien habría tomado el diseño y los secretos automatismos de su célebre Hombre de Palo. La decrepitud de la bella visión becqueriana de la controvertida leyenda Tres fechas, en la cuarta, reencontrada por don Gilimón como una vieja monja de Santa Isabel. La revelación del nombre del asesino de Baltasar Eliseo de Medinilla, el gran vate toledano que osó dirigir al monstruo Lope, en el transcurso de sus pugnas literarias, la invectiva siguiente: «cuánto es mejor tratar con fieras bravas/ que amenazan en fin antes que hieran/ que no contigo que adulando acabas». La triste demolición de la torre del Reloj (así llamada no por contener ninguno sino por sobrevolar la bellísima puerta del Reloj de la Seo toledana). Y, como cierre de este paseo por unos cuantos secretos de Toledo, la alucinante historia del autor de las gárgolas de San Juan de los Reyes, Monsieur Migeon, a su vez autor de las quimeras que sobrevuelan la majestuosa Notre Dame de París e hijo de un escultor parisino, amigo del gran Víctor Hugo, a la sazón jorobado e inspirador del inmortal personaje de Quasimodo.

Osamos proponer el nombre de Manuel Palencia, apasionado de las antigüedades de su natal Toledo, que nos ha emocionado recientemente con su saga sobre bares emblemáticos de Toledo publicada en este mismo Cultural de ABC, como el escritor que se ampara detrás de ese rimbombante y decimonónico Don Gilimón Gaetano Blancalana. Su maestría, amplia cultura y dominio de la prosa se exhiben exuberantes a lo largo de las páginas de este libro.

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