Cosas que pasan en Toledo

Cosas que pasan en Toledo cuando no se cuenta con buenos guías.

Eso sí, el artículo es muy gracioso 😉

Os lo reproduzco tal cúal:

Visto en el blog:  DENTO DE MI MALETA

Toledo. Agosto. 40 grados a la sombra. Alerta naranja.

¿Qué hago yo en Toledo en agosto? Pues gajes del oficio y cosas del destino que ahora no vienen a cuento. Lo que sí quiero dejar claro es que no es una visita placentera sino obligada. Al grano.
Mi hija mayor que se ha pegado, junto a la pequeña, un verano de esos de aúpa en el que ha habido primos, compañeros de cole, piscina, playa, feria, cine y más primos; anda como león enjaulado en Toledo donde sí hay piscina pero no hay ni playa, ni feria, ni cine, ni primos, ni nada de nada. El caso es que anoche le prometí que si se portaba bien, la llevaría al McDonald’s. Sí señores, en Toledo también hay McDonald’s. Esa americanada, cutre, basta, ruidosa y sucia que tanto gusta por lo cómoda, rápida, sabrosa y barata comida. Sé que no pega nada visitar Toledo y cambiar un buen Cordero por un BigMac pero es lo que hay. También era una fantástica ocasión para pasar tiempo los cuatro juntos y solos, en familia, cosa que hacía tiempo que no ocurría.
Tras un largo y sofocante día en el que hemos subido y bajado, corrido y ayudado y, sobre todo, sudado como pollos, llegó el momento de cumplir esa promesa, porque como dice mi hija: “si prometes, lo cumples”.
Cogimos el coche y, desde el barrio de Buenavista, nos dirigimos al casco histórico. El McDonald’s está en la céntrica y conocida plaza de Zocodover. Acercándonos vi esas escaleras mecánicas que han instalado para que se pueda aparcar en un parking abajo y subir sin sofocos al centro y decidí que era lo que íbamos a hacer. A mi marido inicialmente le pareció una buena idea y mis hijas estaban encantadas con la idea de usar esas escaleras. El coche a pié de escalera, las vistas maravillosas y cuando llegas, ya estás en pleno casco histórico.
Arriba mucha iglesia, mucha piedra, mucho turista, muchos caminitos y ninguna idea de cuál coger para llegar a Zocodover. Escogimos el de la izquierda. Probablemente de haber elegido el de la derecha no nos habría ocurrido lo mismo. Cosas del destino. Empezamos a callejear y en la tercera intersección nos abordó una pareja de turistas sevillana con niña, bebé y plano en mano. Estaban perdidos.
– “¿Perdone, son de aquí?” Y como más o menos ya nos conocíamos el centro, mi marido contestó:
– ” No. ¿Pero a dónde van?”
– “A Zocodover.”
– “Ah, nosotros también, síganos.”
Pero no utilizó el verbo adecuado, o ellos no lo entendieron bien porque en vez de ir nosotros cuatro por delante y ellos cuatro por detrás, iban los dos padres de familia por delante y las dos madres con las niñas detrás. Y bien detrás, ya que entre mis cuñas y el carrito del bebé no había forma de avanzar a su ritmo en esas callejuelas tan empedradas. Las niñas rápidamente entablaron amistad. Ya sabemos que los pequeños no conocen esas barreras, sin embargo yo me vi, de pronto, recorriendo Toledo con una completa desconocida. El paseo era ya de por sí largo y, entre que si para la izquierda o para la derecha, esa señora y yo hablábamos del tiempo, de las cuestas, de chupetes y de días pendientes de vacaciones. de cuatro pasamos a ser ocho. De pronto:
– ” Oiga, ¿saben dónde está Zocodover?” Otra familia, éstos de Burgos, completamente desnortados buscando ayuda.
– ” Sí. Vamos para allá. Síganos.” Contestó mi marido.
Así es que, de ocho pasamos a ser doce. Y todo esto en procesión. No sé cuántos de los que me leéis habéis estado en Toledo, pero os aseguro que la calle más ancha no mide más de dos metros y medio y no era precisamente esa por la que pasábamos. Otros que no habían entendido lo de “síganos”. Otra vez el cabeza de familia delante y el resto detrás. Otra vez a hablar del tiempo, de lo bonito que es el entorno, de las vacaciones y de lo empedrado que está el suelo. Yo, sinceramente estaba horrorizada. Mi marido se había convertido en guía turístico improvisado y estaba encantado con su nueva profesión. Se sentía útil y conseguir llevar a toda esa gente perdida a su destino era toda una heroicidad. Os recuerdo que me apetecía el plan de estar solos en familia y reconozco que intenté librarme de tanto intruso:
– ” Mi marido que es el que va delante del todo, se orienta fatal. Así es que mi consejo es que tiréis por otro camino que, seguramente, llegaréis antes y mejor.”
Por un momento pensé que mi plan iba a surtir efecto pero no tuve esa suerte. Ni los de Sevilla ni los de Burgos tenían intención alguna de separarse de nosotros. El único consuelo que me quedaba es que, una vez en Zocodover, cada uno seguiría por su camino.
Tras otros veinte minutos callejeando por la ciudad, por fin llegamos a nuestro destino. Yo me iba despidiendo por un lado y mi marido por otro:
-” Bien, esto es Zocodover. Espero que disfrutéis de vuestra visita a Toledo y que tengáis buen viaje de vuelta a vuestra casa, muak, muak.”
Y, de pronto mi hija grita:
” ¡¡Bieeeeennnnnn, ya hemos llegado al McDonald’s!!”
Tras dicha exclamación, hubieron treinta segundos de silencio. Los maridos miraban a sus mujeres y yo miré a mi hija con cara de querer coserle la boca. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir.
– “¿Hay un McDonald’s aquí?” Preguntó el sevillano.
– “Sí, contesté yo, pero está lleno, no tiene terraza con sistema de goteo y hay otros sitios mucho más típicos y mejores para cenar. Podéis probar uno que está por…”
– ” ¡Ni hablar! Interrumpió el de Burgos. Cenamos todos con vosotros que sois los que nos habéis rescatado del laberinto.”
Yo no daba crédito. Simplemente no me lo podía creer. ¿Qué hacía yo con todas esas personas? ¿Dónde quedaba mi plan reducido y familiar? No os creáis que alguno de todos los allí presentes tuvieron la deferencia de preguntar si nos apetecía. ¡Qué va! Lo dieron por hecho. Así es que allí estuvimos cenando en una mesa de doce personas en la que no había nadie que conociera el nombre de más de un adulto, porque ni siquiera nos dio tiempo a presentarnos.
Una vez terminados los menús, aquello tenía pinta de alargarse. Los niños estaban felices y las mujeres encantadas. Creo que no habían hablado con nadie que no fuera su pareja desde hacía tiempo. Es decir, todo lo contrario a mí, así es empezaba a impacientarme. Estaba agotada y sabía que la vuelta al coche iba a ser tremenda, así es que le hice una seña en clave a mi respectivo, y allí dejamos a los burgaleses y sevillanos de cháchara entre pitufos de promoción y patatas sobrantes.
De camino a casa, ni una sola palabra relacionada con lo sucedido. Total, ¿para qué?

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