Quevedo en Toledo

QUEVEDO EN TOLEDO

Quevedo no fue un escritor muy viajero; inicia sus viajes por la Mancha hasta La Torre de Juan Abad en 1610: allí posee importantes intereses, que terminarán por convertirlo en ‘señor’ del lugar. Normalmente viaja en primavera, para volver a Madrid al final del verano. El itinerario que sigue (el de la época) le lleva por Toledo, en donde a veces, como nos cuenta en algún romance, hace estación:

“…una ciudad de puntillas/y fabricada en un huso / que si en ella bajo, ruedo /y trepo en ella, si subo”.

En Toledo mantiene algún tipo de contacto con el Padre Mariana, el anciano y prestigioso historiador, que acaba de volver de Madrid, después de haber declarado ante la Inquisición. En efecto, cuando muy poco antes, en 1609, Quevedo comenzó a escribir su España defendida, en Madrid se comentaba la detención del venerable jesuita, traído de la casa profesa de Toledo y encerrado en una celda de San Francisco, por acusación del mismísimo presidente del Consejo de Castilla, don Fernando Acevedo, probablemente a instancias del Duque de Lerma.

Nada de extraño, desde mediados de 1609 estaba de moda lanzar un dardo al jesuita, que vivía en la casa profesa de Toledo, y que había provocado las iras del Duque de Lerma por publicar un tratado latino en Colonia.

Cuando Mariana por fin vuelva a Toledo, unos meses más tarde, Quevedo le visita en su celda, probablemente en compañía de Tomás Tamayo de Vargas, que acababa de llegar de Toro. Allí conocería de viva voz y de labios del inculpado el enojoso pleito.

Su relación con Mariana fue cambiando.Quevedo le visitó varias veces en su prisión toledana y al conocerle modificó su postura sobre el acusado y las razones que esgrimía para denunciar la corrupción que se había apoderado de la corte. Sin entrar en el detalle, podemos afirmar que la relación personal influyó en ambos y que Quevedo modificó su postura sobre el jesuita aceptando muchos de sus puntos de vista sobre la situación que se vivía en la Corte y sobre el pasado de la historia común de los españoles.

 

Y para cerrar con mejor sabor de boca, os dejo el poema dedicado a Toledo al completo:

DE ESE FAMOSO LUGAR (751)

De ese famoso lugar,
que es pepitoria del mundo,
en donde pies y cabezas
todo está revuelto y junto,

 

salí, señor, a la hora
que ya el sol, mascarón rubio,
de su caraza risueña
mostraba el primer mendrugo.

 

Iba en Escoto, mi haca,
a quien tal nombre se puso
porque se parece al mismo
en lo sutil y lo agudo.

 

Llegué a Toledo y posé,
contra la ley y estatutos,
siendo poeta, en mesón,
habiendo casa de Nuncio.

 

Vi una ciudad de puntillas
y fabricada en un huso;
que si en ella bajo, ruedo,
y trepo en ella, si subo.

 

Vi el artificio espetera;
pues en tantos cazos pudo
mecer el agua Juanelo,
como si fuera en columpios.

 

Flamenco dicen que fue
y sorbedor de lo puro:
muy mal con el agua estaba,
que en tal trabajo la puso.

 

Vi, en procesión de terceros,
ensartado todo el vulgo,
y si yo comprara algo,
no hallara bueno ninguno.

 

En fin, la imperial Toledo
se ha vuelto, por mudar rumbo,
república de botargas,
en donde todos son justos.

 

Vi la puerta del Cambrón;
que, a lo que yo me barrunto,
a faltar la primer eme,
fuera una puerta de muchos.

 

Al fin salí de Toledo
para la Mancha, confuso,
cuando la alba lloraduelos
gime los ejidos mustios.

 

En esta tierra, el verano
va hecho un pícaro sucio,
sin árboles y sin flores,
que aún no se harta de juncos.

 

Allí primavera ahorra
lo que en Madrid gasta a bulto;
anda abril lleno de andrajos
y el proprio mayo desnudo.

 

Partí desde aquí derecho,
antes sospecho que zurdo,
a Segura de la Sierra,
que es un corcovo del mundo.

 

Los vecinos de este pueblo
viven todo el año junto;
y un mes batido con otro,
gozan a diciembre en junio.

 

Las viñas, para no helarse,
tienen, los meses adustos,
a las cepas con cacheras,
con tocadores los grumos.

 

Es gusto ver un castaño,
de miedo de los diluvios,
con su fieltro y su gabán
por agosto, muy ceñudo;

 

un peral con sabañones,
cuando en Aranjuez, maduros,
recelando que los rapen,
ya han puesto en cobro su fruto.

 

De aquí volví a mis estados:
éste sí que es lindo punto,
pues me mido como pozo,
y aun de ésos no tendré muchos.

 

Aquí cobro enfermedades,
que no rentas ni tributos,
y mando todos mis miembros,
y aun de éstos no mando algunos.

 

De Madrid salí, y de juicio;
y, sin dinero y sin gusto,
vuelvo triste y enlutado,
como misa de difuntos.

 

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