Rilke en Toledo, carta desde Madrid

Carta desde Madrid
Rilke en Toledo
    
Luis Suñén (visto en: EL CIERVO)

 

No sé si he dicho aquí alguna vez que durante un tiempo tuve a Rilke en mi purgatorio particular, redimiendo algún pecado que luego, a la hora de juzgar si debía abandonarlo a su suerte, comprobé que no era suyo sino de alguno de sus seguidores. Los libros de Antonio Pau –Rilke en Toledo y Vida de Rainer Maria Rilke, publicados los dos por Trotta– fueron decisivos para su liberación, que estaba cantada, pues del purgatorio se sale pero del ya teológicamente inexistente limbo –ese que sí que opera en la vida real–, no. Gracias a Pau recuperé igualmente los libros sobre el poeta de Jaime Ferreiro Alemparte que tenía arrinconados desde hacía décadas y que contribuyeron a hacerme pensar que había hecho bien.
Con tan positivo bagaje, y después de habérmelo releído entero y verdadero, emprendí la peregrinación por el Toledo rilkeano, por las rutas que el poeta –siempre sin un duro que no viniera de su generoso editor o de alguna princesa de esas a las que enamoraba a primera vista– recorrió en la que sería para él una de las ciudades decisivas en su vida –no tuvo la misma suerte el Madrid que visitó brevemente– y aquella en la que se produjeron –en forma de estrella fugaz, de ángel de El Greco, de perro en la catedral– algunas de sus revelaciones, no sé si decir poéticas o vitales, pues en él la poesía y la vida se confundían como no lo hicieron en casi nadie. Por eso es tan admirable como imposible de imitar para quienes no poseemos ese grado heroico literario que, sin embargo, tanta envidia nos produce, cobardes de nosotros.
Como sucede en Venecia, la única posibilidad de que Toledo le llegue a uno a la masa de la sangre, le toque verdaderamente la última fibra del alma es –y más en fin de semana– madrugar. No ocurre en Toledo como en Venecia, que es posible desviarse y acabar en un rincón despojado de esos visitantes –casi todos– que creen que lo importante no es ver o sentir sino hacer fotografías. Uno ha acabado por pensar que habría que examinar a la gente antes de dejarla entrar en determinados sitios, no para medir sus conocimientos sino sus intenciones, su disposición. Pues bien, el paseo rilkeano fundamental es, en Toledo, el que va de la plaza de San Agustín –ya no existe el Hotel Castilla– a San Juan de los Reyes. Hay que empezar pronto para no encontrarse con las hordas del turismo que a pesar de la crisis colmarán la calle enseguida y ponderarán qué ver en función de si es o no gratis la visita. La verdad es que basta cobrar un poco la entrada –como sucede en San Ildefonso para ver la ciudad desde sus torres como en ningún otro sitio o en Santo Tomé, a la hora de comer, para contemplar sin agobios El entierro del señor de Orgaz– para que el espacio se abra ante nosotros. Cuando Rilke estuvo en Toledo no había turistas dentro de la catedral sino algún que otro perro que le hizo pensar en cómo se vería la vida desde la altura del pie humano. Hoy el interior del templo –visitable por siete euros, aquí nada disuasorios– es un despropósito de cámaras de fotos, gritos y visitantes sin interés alguno por lo que ven. Como en Santa María del Mar de Barcelona –entrada gratuita– donde ya es posible contemplar cómo la horda se toma un refresco o se quita los calcetines en los bancos de atrás. No era exactamente una cueva de ladrones pero, desde luego, tampoco parecía “la casa de mi Padre”. Como pauta de la modernidad más cierta, el rostro de algunos japoneses se cubría con la mascarilla protectora de una gripe que la estupidez reinante ha convertido en miedo sin sentido.
Y déjenme cerrar con un sucedido. El otro día recibí un correo electrónico en el que se me ofrece un trabajo bien remunerado para hacer desde casa. Se trata de basura informática pero, como hasta en eso se alcanzan elevados grados de sofisticación, resulta que quien aparece como remitente del correo soy yo mismo y, en un castellano aproximativo, alguien que presuntamente es mi empleado incluye entre las condiciones para aspirar al puesto disponer de “presencia en el eter”. Me imagino que será en el éter –el mensaje no tiene acentos. He estado pensando y he llegado a la conclusión de que mi presencia en el éter es puramente testimonial, lo que quede de algún poema leído en alguna parte o de algún grito futbolero, quizá el gol de Mijatovic que nos dio la octava. Claramente insuficiente para optar a un trabajo que podía realizar “desde casa suya y a la hora que pueda mejor usted”. Una lástima.

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