Rilke, un poeta para Europa

Un poeta para Europa

Por Rafael Argullol, escritor (EL PAÍS, 05/05/07):

Ahora que se ha celebrado, con más pena que gloria, el 50º aniversario de la Comunidad Europea no parece inútil señalar, una vez más, la escasa densidad cultural de una contribución política que corre el riesgo de ser exclusivamente técnica. Como era de prever, se ha echado en falta la referencia a los auténticos constructores intelectuales de Europa, escritores y pensadores que en su momento apostaron por una idea que, hasta la fecha, ha tomado cuerpo con excesivas mutilaciones. Hablar de Montaigne, Kant, Goethe o Valéry hubiera sido un signo de vitalidad espiritual.

Naturalmente, la lista de los escritores que podemos asociar a la idea de Europa es muy amplia pero hay uno que, por diversas razones, siempre me parece que es más merecedor que nadie en el momento de los homenajes no realizados. Se trata de Rainer Maria Rilke. Y entre las diversas razones hay una que justifica mi predilección. Este poeta nacido en Praga, que escribía en alemán y también en francés, y que jamás tuvo casa propia, desperdigó su vida en una cincuentena de domicilios situados en los más diferentes rincones del continente. Gracias a esa condición nómada, Ril-ke fue algo así como el habitante par excellence de una Europa que, si bien todavía no existía como tal, tenía una vigorosa presencia en su imaginación.

Gran viajero, Rainer Maria Rilke retardó, curiosamente, el viaje a dos de los países europeos que más le interesaban: Rusia y España o, en su geografía simbólica, la estepa y la montaña. Este interés no era meramente turístico puesto que para el poeta praguense los dos extremos continentales estaban destinadas a airear y renovar la excesiva presión moral que comprimía el corazón centroeuropeo. Por consiguiente, la Europa de Rilke estaba formada por la simbiosis de todas las tradiciones culturales europeas. Sin embargo, el viaje a Rusia y España se demoró muchos años.

Finalmente, Rilke se decidió a atravesar la estepa y alcanzó Kazan, cerca ya de Asia, donde escribió un hermoso poema sobre las campanas de la catedral. El viaje a la montaña, es decir, a la Península Ibérica, fue mucho más complicado. Rainer Maria Rilke se pasó tres lustros acumulando información sobre los dos asuntos que más le interesaban: Toledo y El Greco. Según sabemos por sus cartas -fue uno de los últimos grandes escritores epistolares de la literatura europea- a medida que se dilataba la espera voluntaria, mayor era la obsesión del poeta por llegar a la montaña de la revelación. Es obvio, por tanto, que Rilke tenía una imagen muy precisa de lo que era su Toledo.

Además, la espera se hizo más tortuosa desde el momento mismo en que Rilke asoció su ascenso toledano a la superación de la crisis que venía arrastrando en su creatividad literaria y que tan bien queda reflejada en Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. De nuevo de acuerdo con sus cartas, el poeta tenía puestas tales esperanzas en el periplo español que percibía con creciente ansiedad el día de la partida. Sin duda para el muy viajero Rilke se trató de uno de los viajes más difíciles de su vida. No obstante, tras tantos años de preparación fue sorprendentemente corto para la época y acabó con una vistosa paradoja geográfica.

En total, la estancia no llegó a cuatro meses. Aunque no hay testimonios directos, sabemos bastante de las vicisitudes de la travesía gracias a las cartas recibidas por los amigos de París, ciudad en la que Rilke entonces residía. Cruzó la frontera por Bayona el 31 de octubre de 1912 y un par de días después, el 2 de noviembre, Día de los Difuntos, como el poeta recuerda a sus corresponsales, se halla ya en Toledo. Empieza lo que con pompa denomina el viaje de viajes.

Pero el viaje de viajes acabará desarrollándose por senderos muy distintos de los previstos. Es cierto que en los primeros días Rilke siente que Toledo confirma las expectativas forjadas a lo largo de tantos años. En su tentativa de encajar en la arquitectura toledana todas las ideas preconcebidas, la ciudad se convierte provisionalmente en aquella ansiada montaña de la revelación en la que a veces destaca la cábala judía y, a veces, el misticismo cristiano; todo, desde luego, como si de un cuadro de El Greco se tratara. Rilke cree próximo el viraje en su vida que le devolverá la creatividad. Con todo, transcurridas unas semanas, los naipes se le ponen boca abajo y Toledo deviene literalmente insoportable. Rilke abandona el paraíso acariciado a lo largo de años y decepcionado parte hacia el sur. El 1 de diciembre de 1912 lo encontramos en Córdoba, donde fundamentalmente le interesa el pasado islámico, y el 4 del mismo mes llega a Sevilla, ciudad que le disgusta por su “falta de gravedad”. El tono es desalentador pues el viaje de viajes está resultando fallido.

Entonces tiene lugar el acontecimiento imprevisto. Alguien -las cartas no dejan claro quién- le aconseja desplazarse hasta otra ciudad que en absoluto estaba prevista en su itinerario y Rainer Maria Rilke se encamina hacia Ronda, donde se aloja en el Hotel Reina Victoria. Los hechos se precipitan e inmediatamente a los ojos del poeta Ronda se convierte en Toledo, no, por supuesto, la ciudad real sino aquella ciudad imaginada, montaña de la revelación, con la que Rilke había soñado repetidamente y que, en sus ilusiones debía proporcionarle la curación espiritual.

Durante un mes el escritor de Praga informa a sus interlocutores que en Ronda ha encontrado ese sosiego que debe llevarlo al anhelado giro de su existencia. El 14 de enero de 1913 se interrumpe la actividad epistolar. Ya no hay más informaciones sobre Ronda pero ahora sabemos que por esos mismos días Rilke reinicia la actividad poética y que en esa estancia, para él prodigiosa, se enraíza La trilogía española, obra fundamental en su trayecto estético y preludio de Las elegías de Duino y Las sonatas a Orfeo, sus obras maestras.

La única noticia posterior, de regreso hacia Francia, corresponde a un día en Madrid, el 19 de febrero, con la finalidad exclusiva de visitar El Escorial y el Museo del Prado. Una semana después Rainer Maria Rilke se reencuentra con sus amigos parisinos.

Quien quiera puede tener este viaje como el ejemplo perfecto de las ideas preconcebidas que se resisten denodadamente a las evidencias de la realidad. Puede ser. También es válida la lectura opuesta, pues Rilke seguramente se dio por satisfecho con encontrar su Toledo, aunque no fuera en Toledo sino en Ronda. Bajo esta segunda perspectiva lo aconsejable es la búsqueda independientemente de que el hallazgo se produzca en un paisaje imprevisto.

No fue la única vez que le ocurrió algo de este tipo a Rainer Maria Rilke, el poeta de la cincuentena de domicilios, casi siempre prestados. Mientras otros escritores se han obstinado en afianzar las fronteras, cerrando con frecuencia los espacios mentales, Rilke concibió la literatura con el mismo carácter trashumante con que concebía la vida. Lejos de aprisionarse en una identidad de casas monolíticas, que seguro antes o después aplastan a sus habitantes, aceptó el riesgo de descubrir los múltiples caminos del hombre y, en cuanto a europeo, puede decirse que ninguna de las grandes tradiciones espirituales de Europa quedó al margen de su poesía.

Rainer Maria Rilke cambió mucho de domicilio, pero sentía a Europa como su casa.

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