La Dama, relato de Manuel Palencia

Entrada en el blog de Urugay:

TALLER ME CONTAS UNA HISTORIA DALE

de ANTONIO BALLESTEROS

La Dama, de Manuel Palencia

Más de una vez, tras leer un relato de Manuel Palencia, he experimentado la misma sensación que con otros de Borges, Cortázar, Benedetti o García Márquez: la de encontrarme ante un relato redondo que, incomprensiblemente, no se me había ocurrido escribir a mí.

La Dama es uno de ellos, pero no el único de los que pergeñó este toledano que, pese a licenciarse en Geografía e Historia, aprendió mucho más fuera que dentro de las escuelas, lo que yo agradezco.

Disfruten el cuento y tras él les hablo un poquito de Manuel.

La dama
Manuel Palencia Gómez
Aquella época fue un terrible drama que hoy escondo bajo las profundas arrugas que surcan mi rostro, pero entonces también tuve yo veinte años y la sonrisa del hombre sumergido en la perspectiva de un triunfo seguro. Mi juventud me prometía gloria inmortal. Panoramas felices me alumbraban las noches; y los días exaltaban sin freno un futuro azul que rozaba con las puntas de mis dedos. Alguien debió de hacerme un maleficio. Saboreé el amargo fruto de la derrota. Mi éxito se hundió, mi entusiasmo cayó derrumbado. El orgullo me impidió retroceder y comencé a vivir una mortal penuria, una congoja atormentada entre los residuos de mi antigua existencia y los escombros de mi soberbia. Busqué la salida en la autoflagelación, la lenta construcción de la catástrofe.
En la droga erigí un trono de podredumbre enloquecida y vana, desde el que contemplar a los hombres arrastrar sus pasos por los caminos enfangados de la vida. De vez en cuando, veía a mi lado un cuerpo despedazarse bajo la lluvia ácida de este planeta, diluirse en barro, junto con sus lágrimas. Y eso era lo que yo esperaba para mí: la ternura póstuma del replicante sobre la terraza empapada de un edificio de L.A. 2017. He visto…atacar naves en llamas más allá de Orión, y demás. Y luego, mi alma sobre una paloma, vuela hacia la nada, y escapa. Pero yo no escapaba.

Llevaba dos meses atrapado en el poblado de chabolas de las Barranquillas.

Ahora ella estaba allí, giraba su cuerpo, su rostro, una y otra vez, mirando a los concurrentes con unos ojos obcecados, entre anhelantes y asesinos. Yo sabía que al final se lo terminarían dando aunque solo fuera para perderla de vista y que dejara de llamar la atención. Cuando llegó, sentí flotar en la mente de todos la sospecha de que se tratase de una inspectora de la Policía. Pero pronto nos dimos cuenta de que más bien era una desequilibrada, quizás con otro atuendo nos habría parecido una mujer rota, loca o prostituta.
―Démelo usted, haga el favor. ¿No tengo yo el mismo derecho que todo el mundo a drogarme y hacer con mi vida lo que me salga del coño? ―Su voz era un ruego y una exigencia al mismo tiempo.
El Fule la miraba, perplejo al principio, indiferente después, al percatarse de que era inofensiva. Seguía sirviendo a los demás yonquis, que iban entrando en la chabola cada pocos minutos de una manera incesante. Los atendía con la pulcritud y metodismo de un escribiente sobre su mesa de trabajo; eficiente y seguro. La báscula digital a un lado, la navajita que incansablemente iba depositando punta tras punta de polvo marrón sobre ella, las bolsas de plástico blanco al otro lado. Su mujer quemando los bordes y cerrándolas después de cobrar cada postura. Haciendo caja.
―Dáselo y que se largue de una puta vez la paya esta ―dijo alargando la bolsa a uno de los maltrechos heroinómanos que rodeábamos la mesa y dirigiendo una mirada hosca de desprecio a la intrusa.
―Vamos, me toca a mí. Dos gramos ―replicó enfática ella depositando el dinero sobre la mesa.
¿De dónde había salido aquella hembra? Me preguntaba yo sin poder evitar que su contumacia reclamara mi atención y mi extrañeza. En el mundo en que habitaba estaba acostumbrado a ver cosas raras, yo mismo lo era, pero la dama, como había bautizado en mi fuero interno a la señora, atraía poderosamente el interés de una parte de mí que no acertaba a identificar. Tenía una especie de halo de insolencia que me la hacía parecer valiente, aun cuando en el fondo podía apreciar con claridad su talante pijo y refinado que a duras penas escondía tras un tono de voz fingido que se descubrió remilgado y empalagoso cuando le llegó la hora de rogar. Llevaba un abrigo de visón espectacular. Yo sabía que en la mente de todos, al ver semejante piel, había sonado apresurada la caja registradora marcando el precio estimable de la prenda en el mercado negro. Cinco cifras para los más prudentes y seis para los ilusos. Unos zapatos de tacón embarrados y medias de cristal completaban el atuendo que tenía ante la vista, lo cual era muy poco para poder averiguar algo sobre aquella mujer. Aun así mi imaginación ya trotaba desbocada dibujándomela como la esposa despechada de un gran magnate del cine al que pretendía enterrar en un escándalo mayúsculo sin importarle lo más mínimo sucumbir con él.
¿Cómo había llegado allí? En taxi, imposible; hacía años que los del oficio se negaban a entrar en las Barranquillas con su cargamento de hombres y mujeres devorados por la droga, seres ruinosos y arruinados que lo único que podían acarrearles eran disgustos y pesadumbres. Habría venido en su propio coche, de no ser así, los bajos de su esplendido abrigo estarían, con toda seguridad, impregnados de barro; llevaba lloviendo toda la noche y no tenía visos de parar. Yo, gracias a la antigua amistad que mantenía con el Fule, podía permanecer en su chabola por un tiempo indeterminado, chutarme allí si lo deseaba o dejar que el tiempo transcurriera hasta que escampase, contemplando con pasmo el continuo trajín de extraterrestres que no cesaban de entrar y salir camino de la sala de venopunción, situada quinientos metros más abajo y que era el único lugar donde alguien podría encontrarse una vena en el cuerpo aquella maldita noche de perros.
La mujer se retiró por fin de la mesa con su preciado botín aferrado y seguro en una mano. Soslayó con la mirada a cuantos yonquis andaban por la chabola y posó sus tristes ojos negros en mí, que me mantenía en un aparte. Avanzó hacia el rincón que yo ocupaba con los andares propios de una femme fatal del cine negro. Las manos en los bolsillos. No llevaba bolso. Esperaba en cualquier momento verla sacar un revolver reluciente con el que me apuntaría. Posaba sus zapatos de tacón de aguja sobre una invisible y terca línea recta que terminaba entre mis piernas.
―¿Puedes ayudarme? ―le temblaban los vértices de los labios y un suave tono carmín enrojecía sus mejillas producto del sofoco y la angustia. Pude contemplar con placer y pena la blancura inmaculada de su cutis perfecto. Había abierto su mano ante mis ojos dejando ver en su cuenco las dos bolsitas de un gramo cada una.
No sé qué la impulsó a dirigirse a mí, aunque tampoco me extrañó. Eligió bien. Posiblemente, de todos los lobos que estábamos allí, yo era el único que no la robaría. Puede que viera en mi estampa a un capitán de hombres derrotado y noble que, aunque sardónico y feroz, la defendería de aquellos otros monstruos que chapoteaban perdidos entre las tinieblas de su abominable infierno. Yo estaba muy cansado para ser cruel y, además, ardía en deseos de averiguar qué se escondía tras la piel casi invisible de sus párpados; qué anhelaba, qué ocultaba, qué sufría.
Me quedé un instante mirando sus ojos y asentí con la cabeza haciendo evidente mi tristeza.
―Imagino que, si deseas salir de aquí por tu propio pie, querrás colocarte solo un poco ―insinué, mordaz.
―Tú sabrás hacerlo, seguro.
Alea jacta est. Pensé para mis adentros. Extraje de mi chupa una jeringuilla sin usar, y en el tapón de una botella de agua mineral mezclé un poco de heroína de una de sus bolsitas con agua y un par de gotas de limón. Mordí del filtro de un cigarrillo un trocito de algodón sobre el que coloqué la aguja para tamizar el cóctel inyectable.
―Me llamo Silvio, ¿y tú? ―le pregunté con la ternura de un depredador.
―¿A quién le importa mi nombre? ―me espetó, creo que un poco asustada.
―Está bien, señora sin nombre, ¿sería tan amable usted de sacar un brazo de la manga de su maravilloso abrigo para que yo pueda inyectarle esta mierda?
―Señorita, por favor ―dijo, retirando parcialmente su abrigo y mostrándome un sencillo y corto vestido azul, además de su delgado brazo virgen de pinchazos.
Le estaba dando unos golpecitos a la chuta mientras veía brotar la primera gota por la punta de la aguja, dispuesto implacable a realizar mi infamia.
―Ten cuidado, Silvio, no quiero sobredosis en mi casa ―sentenció el Fule en tono de advertencia.

Aquellas palabras parecieron causar un extraño efecto en la dama, que ahora sonreía como mandando a la mierda al Fule y al mundo entero. En realidad el sitio donde estábamos ya no era una casa. Las primitivas viviendas del poblado de gitanos de las Barranquillas, utilizadas como lugar de venta de droga, habían sido vendidas o alquiladas a los que podían pagar esos pocos metros cuadrados, donde se traficaba impunemente la mayor cantidad de sustancias estupefacientes de todo Madrid.
Tomé contacto con su piel. Tersa, trémula, enfebrecida. La firmeza de mi mano le proporcionó la confianza que necesitaba. Me pareció intuir entonces un esbozo de sonrisa en sus labios que achaqué a sus deseos de infundirme ánimos. No iba a echarse atrás. Con mi cinturón le practiqué un torniquete sobre la bola del brazo y me dispuse a introducir la aguja en su carne. Sobre el sobaquillo del antebrazo flotaba la sombra azul de una vena. Cuando sentí la penetración del acero en su caño, extraje suavemente hacia mí el émbolo de la máquina y todo su interior se tiñó de rojo. En ese momento habría besado con ternura aquellos labios temblorosos que se habían puesto pálidos. Inicié el bombeo de su sangre con la sustancia hacia el interior de su cuerpo. Solo dos veces, y saqué la aguja con calma y seguridad. Con deleite vi cómo se entornaban sus párpados, la laxitud alcanzó todos sus miembros y la serenidad de su rostro demudó en una especie de embobamiento plácido.
Me felicité, había dado con la dosis justa para un primerizo. La verdad era que conocía el género y sabía qué cantidad la pondría en el cielo sin riesgos para su vida. Pero a mí la dicha me dura poco e inmediatamente sentí una ráfaga de cólera que me enturbió las pupilas, por haber pasado aquel trance con tamaña indolencia. Es cierto que entonces mis sentimientos tenían escasa vibración en mi interior, no podía odiar ni amar a nadie. Los yonquis no podemos. Así que, como tampoco podía odiarme a mí mismo por lo que había hecho, pasé sin trabas a la justificación de mi acto, y de allí a la más completa indiferencia, ¿o es que no había dicho ella que le dejasen hacer lo que le saliese del coño?
¡Oh! glorioso canalla, estéril, vacuo e impasible. Pero ya dije que fueron años terribles para la razón y la bondad.
La ayudé a colocarse el abrigo y ponerse en pie, y cuando se alzó en toda su fina estampa ante mí, sentí un deseo casi irrefrenable de abrazarla contra mi pecho. Todo nuestro entorno comenzó de inmediato a producirme unas náuseas fatales: la lepra de las paredes de aquel antro, las miradas turbias de absurda envidia de mis colegas de submundo, el infecto olor a catástrofe de las pieles de aquellos hombres. Decidí marcharme de allí cuanto antes. Yo… y la dama.

―¿Quieres que te acompañe, linda? No pensarás quedarte aquí toda la noche ―propuse en un tono melifluo que no me quedó mal del todo.
―Llévame a mi casa, por favor. ¿Querrás? Creo que puedo confiar en ti, ahí cerca tengo el coche ―balbució, alentada por mis palabras. El colocón la mantenía en esa órbita en la que uno es feliz casi sin darse cuenta y necesita ser ayudado hasta a caminar.
Afuera diluviaba. Se quitó con lentitud y elegancia su abrigo y me invito candorosa a refugiarme bajo sus alas. Caminamos lo más deprisa que nos permitían nuestros cuerpos hacia un vehículo rojo que refulgía en la oscuridad. Cuando llegamos hasta él me ofreció las llaves que acababa de sacar de su bolsillo, y entonces su rostro se contrajo de asco, arqueó su cuerpo y vomitó como una fuente sobre el barro. Sujeté su cuerpo entre mis brazos ayudándola a sostenerse mientras terminaba de vaciar su estómago. El poso de mis manos sobre su breve cintura me hizo recordar momentos más afortunados para mi hombría, rememoré otras caderas y casi añoré mi antigua felicidad. Luego entramos en el coche. Un Seat 1200 Sport. Y por fin pudimos relajar un tanto nuestros músculos, allí parecíamos sentirnos a salvo. En aquella burbuja placentaria nuestras miradas volvieron a encontrarse. No sé si habré dicho antes que la dama era muy bella, terriblemente bella. Aunque imagino que ya lo habrán intuido.
―¿Cómo te encuentras? ¿Estás bien? ―dije al tiempo que con la mano le secaba unas gotas del rostro.
―Bien, muy bien. Ahora ya sé lo que es el paraíso ―contestó en un tono acaramelado y meloso. Volvía a sentirse segura de sí.
Interpreté que se refería a su estupefacción, no a mi compañía, pero aun con esas, me entraron unas ganas locas de comérmela allí mismo.
Para mí era una mujer inalcanzable fuera de aquel contexto; elegante, guapa, con clase. Jamás se fijaría en un hombre como yo, al menos diez o doce años menor que ella, toxicómano, extraviado, retorcido. Solo la desesperación la había impulsado a acercarse a mi persona, sin embargo, recibió agradecida la caricia de mi piel en la suya, como si el cariño fuese para ella un antiguo y perdido tesoro. Yo, a mi vez, sentí una ráfaga de viento caliente que me golpeaba las mejillas y una infinita ternura.
El coche olía bien. La humedad de nuestros cuerpos debió despertar escondidos aromas, el perfume de su piel cobró viveza. Era evidente que nadie había fumado antes en ese auto. Encendí un cigarrillo.
―¿A dónde vamos, princesa?
―Vivo en la Moraleja, ¿sabes llegar? ―dijo, cerrando los ojos.
―Creo que sí; si me pierdo, te aviso.
Y allí, junto al lado sensible de mi naturaleza, la dama dormitó todo el camino, encenagándome el alma con un torbellino de pensamientos que discurrían entre el torvo deseo de amarla ciega y brutalmente nada más arribar a su casa y el más cabal y sencillo de arrumbar mi cuerpo en un rincón de su cama y comer caliente lo que durase, hasta que se hartara de mí y me largara. Pero, claro, tendría que amarla. ¿Cómo no amar a esa mujer de ojos temblorosos y cálidos?
Atravesamos Madrid bajo la lluvia y llegamos a su casa. Todo estaba envuelto en sombras. Al menos no iba a encontrarme sorpresas desagradables. Me hizo pasar, dio la luz, se quitó el abrigo; sobre su piel aún se adivinaba el éxtasis trémulo de la heroína. No me dejó sentarme, restregándose en mi pelo, sujetó mi cabeza con ambas manos, acarició mi boca con sus labios de esa manera que no admite respuesta y desde aquella sombría expectativa escuché unas palabras poseídas por la angustia.
―Me gustaría que pasases a verla.
Cogido de su mano entré en un cuarto que olía a quirófano. Sobre la cama, al prender la luz, adiviné un bulto, rígido aunque humano, que me espantó atrozmente a medida que me iba asomando a sus ojos. Una chica joven, devorada, consumida en sus carnes, escarbaba en mi mirada una respuesta a su oscura desesperación. La dama retiró con delicadeza la sábana que cubría sus tristes huesos, y dijo:
Lianne Viau
―Es mi hermana, Silvio. Necesito que lo hagas. Te lo ruego.
Podría haberme indignado furioso con esa mujer que me había arrastrado a su casa para hacerme aquella descabellada proposición; podría haberme enfadado conmigo y mi absurda presunción de galán de medio pelo que, una vez más, se encontraba por su mala cabeza ante una situación imposible de solventar. Pero no hice nada de eso. Ya dije antes que aquellos no eran buenos tiempos para la reflexión y la cordura. Inundado de una comprensión turbia y remota, cogí sin inmutarme las dos bolsas de polvo que me ofrecía y me dispuse a cumplir el deseo de ambas mujeres.
Mientras preparaba el pico, hice un esfuerzo por recorrer, esta vez sin terror, la anatomía devastada de Alicia. Creo que en ese momento fue cuando tomé la decisión de no decir a la dama que conocía a su hermana y la había amado. Solo un pañal cubría su vientre. Demoré la mirada en el cabello mustio y ralo, las frágiles cañas de sus brazos y piernas, las simétricas costillas que ya se transparentaban sobre el aliento de sus pulmones agostados, terminales.

 

Revisé las paredes del cuarto, las fotos que colgaban de las paredes mostrándome a la moribunda cuando la parca no la rodeaba y era una dulce joven rebosante de belleza; sus muñecas, su maquillaje, sus sandalias.
Aquel ángel tenía una vía tomada en un brazo y por allí introduje la muerte, al tiempo que la dama, que había estado todos esos minutos contemplando mi liturgia, anhelante y fiel sentada al borde de la cama, se derrumbó penetrada de dolor sobre su hermana. Destrozado, contemplé cómo el contorno facial se relajaba tras una crispación de ardor blanco. La piel sobre los maxilares y los labios se le encrespó estremecida. Durante un instante los párpados temblaron sobre sus ojos y luego su mirada quedó inmóvil y espesa.
Besé en la frente a aquella deliciosa criatura, acaricié el pelo y el rostro de la dama y salí a la lluvia, impasible pero roto. Me llevé el coche y, cuando unos kilómetros después conseguí detenerme en un paraje desierto, saqué de mi cartera la única foto, ajada y borrosa, que había conservado de ella, linda e invencible a sus veinte años, y entonces sentí de golpe, como una ráfaga de crueldad, toda la soledad de los hombres cansados de la tierra, la tristeza violeta de los crepúsculos compartidos y el amontonado recuerdo de su belleza en mi alma.
Redondo, ¿verdad?
Una pequeña parte de lo que Manu sabe se muestra a diario en los recorridos por Toledo que brinda su asociación Cuéntame Toledo (https://cuentametoledoblog.wordpress.com/), pero también en sus libros de poesía, como Mundo, Demonio, Carne (Ed. Celya) y relato.
Ha publicado en Cuentos picarescos (Azacanes), Artesanía comprimida (Centro de Promoción de la Artesanía), De guijarros y bueyes (Centro de Estudios del Jiloca), además de en Nuevas leyendas toledanas (Ledoira) y Cuéntame Toledo (Everest), en los que por ser arrendajo tuve el privilegio de compartir cartel con él.
Ha sido galardonado en numerosos concursos, como por ejemplo el VI Certamen Literario Miguel Artigas, con su relato De guijarros y bueyes:
Su último libro, Disertaciones y opúsculos sobre Toledo (Celya) recrea una imaginaria obra hallada en la rehabilitación de una antigua casona toledana, lo que da pie a que don Gilimón Gaetano Blancalana, un alter ego de Manu, nos guíe hacia una asombrosa colección de enigmas históricos y descubrimientos. De este último libro hablo solo de oídas, porque aún no lo pude leer, pero en mi próximo viaje me quito las ganas.
También son memorables sus colaboraciones radiofónicas con la Cadena Cope, accesibles en su blog y que de vez en cuando me alivian la morriña, o las impagables crónicas sobre los bares y tugurios de la movida toledana de la serie Días de vino y rosas que realizó para ABC; ahí les dejo una muestra:
En fin, podría seguir hablando durante muchas líneas más de los logros de Manu, y de que en su próxima vida seguramente será pintor cretense, estibador portuario noruego o brujo de una tribu zulú, pero como ya les dejé los enlaces pertinentes para conocerlo más de cerca, y en la lista de los blogs que sigo está anclado permanentemente el suyo, les dejo a ustedes la iniciativa.
Saludos.
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