Una noche toledana

UNA NOCHE TOLEDANA,

otra colaboración de nuestra amiga MARIAN RAMOS

La leyenda, “Una noche toledana”

 

 

Cuenta la leyenda que la ciudad de Toledo, capital visigoda, era gobernada por Yussuf-Ben-Amrú, un gobernante árabe conocido por su maldad y su carácter sanguinario.
 
Sus actuaciones contra el pueblo y los altos dirigentes destacaban por su excesiva crueldad sin ninguna distinción.
 
Muy hartos de aquella situación, llegó un día que los altos dignatarios de Toledo resolvieron mandar una embajada a Córdoba para que el Califa Alhakem se enterara de lo que estaba ocurriendo en la ciudad.
 
El Califa de Córdoba escuchó muy pacientemente a la embajada toledana aunque, en un principio, se negó a actuar.
 
Sin embargo, ante la insistencia de los mensajeros para que tomara una decisión ante la inminente amenaza de motines y sublevaciones, el Califa, al final cedió.
 
Así pues, los mensajeros regresaron triunfales a Toledo con la orden inmediata de apresar y encarcelar a Yussuf-Ben-Amrú.
 
Todos los habitantes se sintieron aliviados ante tal noticia. Yussuf fue encarcelado en su propio palacio del cerro de Montichel.
 
 
 
 
Su destino estaba escrito. Allí donde había torturado y matado a tantos prisioneros, allí quedaría privado de su propia libertad.
 
Sin embargo, a pesar de que Yussuf ya había sido encarcelado, tales habían sido los horrores que había infringido al pueblo, que muchos de sus habitantes se unieron para planificar su muerte.
 
Un día, cuando había un motín por motivo de la subida de impuestos, este grupo aprovechó la confusión reinante para entrar en la celda de Yussuf y acabar con su vida degollándolo.
 
Ante aquél hecho, los toledanos comenzaron a temer la represalia del Califa de Córdoba. Por todo Toledo circulaba la creencia de que su castigo iba a resultar fulminante para la ciudad.
 
El Califa de Córdoba, muy hábil, nombró al padre de Yussuf como gobernador de Toledo. Un terror paralizante envolvió a toda la población.
 
Los toledanos esperaban que se vengara de la muerte de su hijo gobernando con más maldad y crueldad aún que el propio Yussuf.
 
Sin embargo, ocurrió lo contrario. El gobernador tuvo una actitud ejemplar. Fue magnánimo, justo y amable.
 
Con el tiempo, el miedo a las represalias se fue disipando. Los toledanos comenzaron a convencerse de que habían estado equivocados por su temor a la venganza.
 
Desde su llegada, nunca mencionó la muerte de su hijo Yussuf. El gobernador era tolerante con todos…
 
Incluso los responsables de la conspiración qué existió para derrocar y matar a su hijo Yussuf, eran tratados de forma afectuosa y educada.
 
Poco a poco, los habitantes de Toledo, tanto el pueblo como las familias más importantes, olvidaron su temor a la venganza.
 
Un día, el hijo mayor del Califa de Córdoba, Abderramán, regresaba con su ejército por tierras castellanas. Venía de combatir en varias batallas contra los cristianos del norte peninsular.
 
El gobernador de Toledo, al enterarse, mandó que se organizara una gran fiesta para acoger durante unos días al primogénito del Califa y a todo su ejército.
 
Para ello, invitó a todas las familias nobles de la ciudad, a sus amigos y a los altos dignatarios. 
 
La ciudad de Toledo estaba engalanada como la más bella princesa esperando a su príncipe que regresaba de la batalla.
 
El palacio bullía de alegría en la noche elegida. Miles de antorchas iluminaban toda la ciudad. Mientras, el ejército del hijo del Califa de Córdoba iba llegando al cerro de Montichel.
 
Lujo, fiesta, risas… todo envolvía al palacio del gobernador con un aire irreal.
 
Detrás de los muros, los soldados de Abderramán, habían comenzado ya a actuar.
 
Tragedia sangrienta en la noche toledana. Uno a uno, los ciudadanos que iban entrando al palacio, eran degollados de un golpe seco y silencioso de cimitarra.
 
Mientras, aquél gobernador que había aparentado piedad y perdón, veía cómo su palacio se teñía de rojo, dolor y muerte.
 
Sangre que bebió el gobernador por su sed de venganza. ¡Ya había estado aparentando demasiado tiempo! Había llegado el momento de matar.
 
En la “noche toledana” morirían unos cuatrocientos toledanos
 
Cuándo oigáis a alguien decir: “he pasado una noche toledana” ya sabréis a qué se está refiriendo…
 
En “una noche toledana”…
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