Mi vida en Toledo

Hoy PACO GONZÁLEZ ha tenido la gentileza de compartir en nuestro perfil de facebook su última entrada en el blog TURISTAS Y PIRATAS, y nosotros la compartimos con todos vosotros:

Mi vida en Toledo

 
Viví cuatro intensos meses en Toledo. Hace ya mucho de eso, pero allí esta circunstancia es intrascendente porque, si en España hay una ciudad eterna, ésa es Toledo.
En aquellos tiempos la vida era especial. Yo recibía una esperada visita todos los miércoles, siempre a la misma hora, y juntos recorríamos algunos lugares que la historia y la leyenda tiene grabados en la memoria de los siglos.
 
Mi sitio favorito para contemplar Toledo siempre ha sido la Peña del Moro. Tanto por la inmejorable vista como por la leyenda que la envuelve. Desde allí, unos metros por encima de la ermita de la Virgen del Valle, dominamos el torno del Tajo, la calzada romana, los escasos restos del enorme y desaparecido acueducto, el Puente de Alcántara y el impresionante telón de fondo de una ciudad que se resiste a dejar de ser permanente protagonista del transcurso de los siglos.
Toledo (El Greco)

Bajo la ermita hay un restaurante (llamado, también, La Ermita) que, desaparecido el viejo Chirón (hoy instalado en Valdemoro, tras su paso por Aranjuez), es hoy de lo mejor que hay en Toledo, sin despreciar a su hermano y vecino de la catedral, Los Cuatro Tiempos. Comer allí es una experiencia, colgados sobre las rocas que caen hasta el Tajo, dominando la Casa del Diamantista y la Torre del Hierro, cuya historia podemos recordar visitando el excelente blog de Eduardo Sánchez Butragueño, ‘Toledo Olvidado’.
Las fotografías de José María Moreno Santiago son otra magnífica forma de acercarse a la belleza de Toledo, como interesantes son las rutas y visitas que organiza ‘Cuéntame Toledo‘.

 
Toledo tiene un enorme pasado romano, edificado sobre el viejo asentamiento carpetano, pero casi todo ese sustancial pedazo de su historia está enterrado o destruido, con la muy notable excepción del circo, prueba irrefutable de la importancia del Toletum de hace dos milenios. Y si Roma fue grande en la Vega Baja, más lo fue la Hispania visigoda, cuya capital allí estuvo establecida hasta la desaparición de su último rey, Don Rodrigo, ante el empuje musulmán del siglo VIII. Es probable que fuera por aquel entonces cuando el fabuloso Tesoro de Guarrazar saliera de Toledo para ser escondido bajo tierra en Guadamur… ¿aparecerá algún día la corona de Suintila?
 
Una puerta

Tras sus primeros mil años, Toledo volvió a vivir nuevas glorias bajo las tres culturas que ya todos conocemos por sus muchos legados históricos y artísticos. Si Stendhal enfermó de sobredosis de belleza al visitar Florencia, sin duda hubiese agravado su síndrome en Toledo, incapaz de superar el mayor aluvión de arte e historia que pueda concentrase ante un ser humano en una sola ciudad.

Observar el transparente de la catedral cuando los rayos de sol de la mañana penetran por el óculo o linterna abierto en la bóveda produce un efecto solo comparable al de la visita de la más prodigiosa pinacoteca catedralicia del mundo, la que alberga su sacristía, cuyos grecos hacen palidecer de envidia al mismísimo Museo del Prado. Y no son solo grecos, sino que Goya, Rafael, Tiziano, Van Dick, Caravaggio… también tienen cuadros expuestos bajo la impresionante bóveda de Lucas Jordán.
 
Y si el arte es infinito en Toledo, las leyendas de sus estrechas calles y sus viejos conventos e iglesias conmueven y emocionan a quienes las escuchan.
Zorrilla puso en verso la tradición del Cristo de la Vega, probablemente la más conocida de las muchas leyendas toledanas. Cada vez que leo o escucho ‘A buen juez, mejor testigo’, no puedo dejar de ver a Diego e Inés encaminándose a la antigua basílica de Santa Leocadia, tal vez saliendo de la protección de la muralla a través de la Puerta del Cambrón…
Varias de las leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer también nos hablan de Toledo, ¡El beso’, ‘El Cristo de la Calavera’ o ‘La rosa de pasión’ son algunas de ellas.
Santo Domingo el Real (José María Moreno)
En aquellos días me gustaba pasar despacio junto a la valla de la casa de Bécquer, sobre la que sigue asomando su laurel, y perderme entre las sombras de la noche, descendiendo hasta el borde del río cuando empezaba a bajar la niebla y las estrellas apenas se reflejaban en sus tranquilas aguas.
Fueron solo unos meses, sí, pero unos meses en Toledo pueden ser mucho más que varios siglos en un lugar sin historia. Y en la ciudad del Tajo, cuna de reyes y también de comuneros, la historia y la leyenda… el arte y la poesía se mezclan en el aire, trepando por sus muros de ladrillo y por sus torres mudéjares, aferradas a sus milenarias piedras romanas y visigodas, atrapando al visitante para siempre y susurrándole al oído esos versos de su rima LXX  que Bécquer dedicara a su plaza favorita de Toledo, la de Santo Domingo el Real:

‘¡Cuántas veces trazó mi silueta
la luna plateada,
junto a la del ciprés, que de su huerto
se asoma por las tapias!’

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